Livia

Livia salió de la casa con la intención de no volver, estaba harta de que la tratasen como una niña, tenia 17 años por los dioses, ya era suficientemente mayor como para decidir su propia vida. Este sentimiento de incomprensión la había seguido toda su vida, sin padres, sola en esta vida que no le proporcionaba lo que ella anhelaba. Ella quería vivir aventuras, superarse a sí misma, demostrar al mundo lo que valía. En el colegio siempre había ganado a cuantos chicos se le habían puesto por delante. Pero ellos podían alistarse, huir de aquel lejano lugar e ir a Roma, donde en verdad se cocían las cosas. Pero que podía esperar ella más que una aburrida vida de noble, obligada tarde o temprano en casarse con alguno de los vejestorios que la pretendían.
De repente se dio cuenta de que le seguían, su oído pudo identificar a unos cuatro, Supuso que serian guerreros. Había una guerra no lejos de aquí y los guerreros se paraban aquí para descansar un poco antes de ir al frente. Un muchachita como ella, sola en medio del bosque, era un bocado que no se dejarían perder. Se dio cuenta perfectamente que era inútil intentar convencerlos que le dejasen en paz, pero este pensamiento no la lleno de miedo sino de una ira incontrolable, no sabia que le ocurría pero una cosa estaba clara estaba harta de aguantar, de hacer lo correcto y adecuado para una dama. Se giro furiosa y les planto cara:
-¡Va salid!- Les grito-¿O es que tenéis miedo de una mujer?
Salieron riendo a carcajadas, eran efectivamente cuatro, altos y musculosos. La miraron con lujuria.
-Así me gusta- dijo el que parecía el cabecilla- que no pongas resistencia.
- ¿Quién te ha dicho que no pondré resistencia carbón?- pregunto mientras con un rápido movimiento le golpeaba el estomago y con una patada lo derribaba. Él al instante no reaccionó pero al verse al suelo y humillado grito:
-¡Matadla!
Los demás y el mismo desenfundaron las espadas, pero Livia no tenía miedo al contrario estaba en su medio natural. Con absoluta maestría esquivó sus ataques mientras los contraatacaba con precisos golpes. De repente alguien le hizo una zancadilla, cayo dolorosamente al suelo, un de ellos se abalanzo sobre ella dispuesto a terminar de una vez con aquella insolente. Pero ella fue más rápida cogiendo una daga que había al suelo se la hundió al corazón.
El tiempo se paro, a medida que el chico caía sobre suyo, muerto. Sus tres compañeros pararon de golpe demasiado conmocionados para reaccionar. Ella sin creer aún lo que había ocurrido, salió de allí corriendo. Nadie la siguió. Corrió y corrió hasta extenuarse, quería huir, pero cuanto más corría más presente tenía lo qua acababa de suceder. Cayó extenuada, se disponía a levantarse y continuar, cuando una poderosa mano le impidió hacer lo primero. Una voz varonil le interrogó.
-¿Crees que huir hará desaparecer el echo que...
-¡No le digas!
-¿El qué?¿Qué has matado a alguien?-Preguntó guasón.
-Yo no lo echo- dijo casi llorando.
- Sí lo has hecho, defensa propia... Accidente desafortunado... dilo como quieras pero solo ocultaras la verdad. Has matado a alguien y lo peor de todo has disfrutado haciéndolo...
- No he disfrutado- Se quejo esta.
-Veo que ahora sí que has matado- Dijo la voz aparentemente satisfecha- Pero no me digas que no has disfrutado, la emoción, el peligro, el poder de decidir si alguien muere o vive, ¿ahora me dirás que no te ha gustado saborear esta dulce gloria ni que fuera por unos segundos?
-No- Grito ella desesperada- Yo no quería, si pudiera cambiarlo lo haría.
-Pero, no puedes. ¿Y crees que le importará al pueblo que haya sido un accidente? Uno de sus jóvenes a muerto pedirán venganza, tu cabeza- La voz sonaba ahora apenada- Morirás a los 17 solo por intentar defenderte, triste ¿no?
- ¿Cómo sabes mi edad?
-Oh, es que yo sé muchas cosas...
-Pues yo no sé ni como es tu cara- Respondió ella, estaba tan desesperada y conmocionada que poco le importaba ser descortés.
La voz río –Tienes razón, que descortesía por mi parte- Sintió como la mano que le aguantaba aún al suelo la agarraba y la levantaba sin demasiados miramientos. Una vez en pie, pudo ver a una hombre alto y musculoso, mucho más que aquellos con quien había luchado, su pelo negro, sus crueles ojos oscuros y su perversa sonrisa no dejaban dudas sobre su identidad.
-Shhh- Él le impuso silencio antes de que ella pudiera reaccionar.-Escucha, si vuelves al pueblo y ellos han dicho lo ocurrido, te colgaran a la cruz.
-Pero ha sido un accidente-Protesto ella.
- ¿Y quien crees que creerán más a unos guerreros o a ti? Ellos no admitirán nunca que los has vencido en combate, dirán que lo mataste mientras dormía y te colgaran a la cruz.
Ella bajo la cabeza, tenía razón. Un gran sentimiento de rabia la invadió, estúpida sociedad, no permitiría que se saliese con la suya. Como si hubiese leído sus pensamientos, él la agarró por detrás mientras le susurraba:
- Yo solo veo tres caminos, uno morir, dos huir, pasar toda tu vida como una mendiga sin nada, o tres, que ellos no lleguen a la aldea.
Ella entendió el significado oculto de la frase- ¿Quieres que los mate?- Preguntó dubitativa.
-La pregunta aquí es ¿qué quieres tu? Dejarte arrastrar por el destino o gobernarlo. No estas echa para que te dobleguen. Y aún no me has contestado, ¿has disfrutado?¿Has sentido aquel inmenso poder que solo unos cuantos poseen?¿Quieres ser uno de ellos’
-Sí, ¡¡he disfrutado!!!- Gritó ella con rabia, la rabia que se daba así misma.
-Pues ya sabes lo que hacer.- Le respondió él antes de desaparecer, Livia se quedo allí sola con la daga, con la que había matado al chico y que había llevado durante toda su carrera. Pero no se quedo quieto durante mucho tiempo.
Ninguno de los cuatro guerreros volvió a su campamento aquella noche y mientras todo el pueblo se reunía para buscarlos. Livia recibió la visita de Ares.
Aquella misma noche, una vez él se hubo ido y mientras aún saboreaba la dulce miel en sus labios, se juro a sí misma que no solo seria una guerrera de Ares, seria su elegida, la mejor de cuantos tuvo, la que reuniría más poder. Primero se iría de aquel pueblucho, hacía Roma, convencería al emperador que le diera un ejercito, después para que ella fuera la general de todos los suyos y finalmente se convertiría ella en emperatriz, pero eso solo seria el principio, de una era de terror en la que ella gobernaría hasta que todos conocieran el nombre de Livia y lo hablaran con respeto. Y en su maldad soltó una carcajada sinistra sin darse cuenta que también lloraba era una solitaria lagrima que bajo, despidiéndose para siempre de aquella niña inocente y alegre que un día conoció.
FIN